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Un escaparate presenta ante mí la obra de unas manos primorosas.
Cómo no reconocer la labor si en una infancia propia de niña sentada en sillita de anea a la sombra mientras los adultos hacía la siesta del estio me crucifiqué haciendo bastas y crucetas. A los diez años tironeada por esa abuela que esperaba de mí las mayor de las virtudes, se mujer de provecho.
¿Qué diría si viera los papeles nuevos asignados a las féminas?
Ella que aunque brava estuvo bajo el auspicio del hombre.
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